Cuando el desarrollo urbano avanza, la memoria debe avanzar con él.
El centro histórico de San Salvador está viviendo uno de los momentos de mayor inversión y transformación de su historia creciente: Nuevos negocios, fachadas intervenidas, iluminación renovada y una agenda activa lo han devuelto al centro de la narrativa nacional e internacional.
Eso es positivo, pero quienes diseñamos, construimos y estudiamos ciudad todos los días no podemos quedarnos solo en la celebración. Tenemos que hacernos una verdad mucho mas profunda: ¿Estamos revitalizando el Centro… o lo estamos sustituyendo?
El centro no es unicamente un activo inmobiliario estrategico, es memoria construida, tejido social, vivienda, comunidad y tambien comercio resiliente, es historia cultural y economía popular.
Durante decadas fue el lugar donde generaciones trabajaron, alquilaron cuarto en un mesón, levantaron un negocio familiar, se reunieron en un cine o en una plaza, caminaron bajo los portales que aún hoy cuentan historias.
Cuando un edificio patrimonial se pierde, ya sea por abandono, incendio o decisiones poco fundamentadas, no desaparece solo una estructura… se erosiona parte del relato urbano que no puede reconstruirse con mejoras estéticas superficiales ni mucho menos con concreto nuevo.
Cuando la transformación avanza sin inventarios estructurales públicos actualizados, sin criterios técnicos claramente expuestos y sin procesos de evaluación trazables, el desarrollo comienza a apoyarse más en impulso que en método. Y esto, a largo plazo, debilita cualquier proyecto urbano.
Apostar por el Centro debería ser más fácil, no más complejo.
Existen propietarios e inversionistas locales que han decidido quedarse cuando era más sencillo vender o abandonar. Recuperar un edificio emblematico en el corazón de la ciudad implica riesgo financiero, compromiso cultural y visión urbana.
Sin embargo, cuando quienes intentan rescatar patrimonio enfrentan múltiples contratiempos, escasa flexibilidad técnica, procesos poco claros y pocos incentivos reales, surge una preocupación legitima: ¿Estamos facilitando la conservación… o la estamos haciendo inviable para quienes históricamente han sido parte del centro?
Resulta inevitable preguntarse si los esquemas actuales están generando el equilibrio necesario. Mientras se promueve activamente la atracción de inversión extranjera, muchos residentes históricos, que han vivido, o literalmente sobrevivido, por décadas en la zona, perciben cada vez menos margen para permanecer. Al mismo tiempo, inversionistas locales que han sostenido el Centro durante generaciones enfrentan mayores cargas, menores incentivos diferenciados y procesos más complejos.
Si el objetivo es revitalizar con equilibrio, la politica urbana debe procurar condiciones equitativas. La transformación no puede percibirse como una puerta abierta hacia afuera y una cuesta arriba hacia adentro. En este sentido, la ciudad necesita regulación. Pero tambien necesita acompañamiento tecnico especializado y una politica de incentivos coherente con su historia social y economica: Fortalecer estos procesos no debilita a la autoridad, la vuelve legitima.
Inversión SI. Pero con una estructura técnica solida.
La inversión que está llegando al Centro es una oportunidad histórica. Puede convertirlo en un referente de recuperación urbana. Pero si queremos que ese proceso sea sostenible, debemos reforzarlo con pilares claros:
1) Criterios técnicos públicos y verificables: Restaurar no puede ser sinónimo de reemplazar. Demoler no puede depender solo de narrativa, sino de diagnóstico estructural y documentado. Las decisiones que afectan patrimonio deben tener respaldo técnico claro y accesible.
2) Gestión real y preventiva del riesgo: Si existen inmuebles antiguos habitados, debe haber inspección periódica, control de instalaciones, planes de evacuación y mecanismos de reubicación digna cuando el riesgo sea alto y verificable. Revitalizar también significa evitar tragedias.
3) Equilibrio entre inversión y tejido social: La mejora urbana no puede traducirse automáticamente en desplazamiento. Ni en ventajas desproporcionadas para unos y barreras para otros: Una ciudad verdaderamente recuperada integra a quienes la han sostenido históricamente y ofrece reglas claras y justas para todos los actores.
Si el centro se convierte en un lugar donde solo pueden permanecer quienes llegan después o quienes cuentan con mayor respaldo externo, habremos perdido mas de lo que creemos haber ganado.
La transformación necesita profundidad.
Este no es un llamado a frenar la transformación, es un llamado a profundizarla, a acompañarla con mesas técnicas permanentes, a respaldarla con inventarios estructurales públicos actualizados, a dar trazabilidad y rigor a decisiones que afectan patrimonio, inversión y sobre todo tejido social, a revisar continuamente si los incentivos y procesos están generando equilibrio o concentración.
La verdadera fortaleza de una autoridad urbana no proviene solo de su capacidad de regular, está en su capacidad de fundamentar tecnicamente cada decisión y ajustar cuando sea necesario.
Hoy el Centro histórico tiene inversión, atención mediática y respaldo político. Lo que necesita ahora es consolidar un soporte técnico que le dé estabilidad a largo plazo. Porque cuando los criterios son claros y verificables: La confianza aumenta. Cuando los procesos son transparentes: la legitimidad crece. Cuando la técnica, acompaña a la visión: el proyecto se vuelve irreversible.
El centro histórico puede convertirse en un modelo regional no solo por su renovación visible, sino por la calidad de su gobernanza urbana. Este es el siguiente nivel, que no se alcanza con más intervención, se alcanza con más método.
El centro histórico no es una escenografía, es una estructura viva. Lo que hagamos hoy definirá si dentro de vente años tendremos un centro con memoria, equilibrio o dignidad… o solamente un nuevo distrito bonito o eficiente, pero desconectado de su historia. La diferencia está en como decidamos fortalecer este proceso ahora.